Aziyade Ruiz. Textos.

L. Castellanos. Primer plano de Aziyadé Ruiz Vallejo. Diciembre 2002.

El discurso que se transparenta, tejiendo una urdimbre de ideas, en la obra realizada por mujeres, adquiere una textura singular en la escena de las Artes Visuales en Cuba. Dejemos de lado, consideraciones tales como el oficio, que no deja de ser una preocupación más para los creadores: el dominio técnico que posibilita lograr la máxima fuerza expresiva. Para la que esto escribe tiene mayor interés todo lo referente a los temas, asumidos con avidez, en cuya singularidad se quiebran tabúes de siglos, uno de ellos las labores del gineceo, elevadas a un rango féerico que se sostiene en la cuota de placer que la mujer ofrece como objeto. Una visión hedonista es puesta en duda y expulsada; protagoniza los debates actuales en el espacio de la visualidad, alcanzando trascendencia en sus diferentes niveles, incluso ginocéntricos, lo que se refiere a la relación difícil y contradictoria entre existir y ser.

Tomamos el expediente concreto de la joven pintora y grabadora Aziyadé Ruiz Vallejo, graduada en el Instituto Superior de Arte (I.S.A.) en 1996, quién transita de la imagen en técnicas de reproducción múltiple (grabado) a la pintura, iniciando con esto su primera reacción contra lo que está determinado, en este caso, con su formación artística. El cambio va acompañado de una indagación que propicia exponer en el espacio público áreas de su intimidad. Para ello, necesita despojarse de las ataduras que la costumbre establece desde siempre, algo nada fácil, si con esto acepta proyectar una imagen osada y aventurera y en sus momentos más duros, proscrita.

Es el momento en que esta joven creadora percibe que la autorreferencialidad como método se constituye en una vía abierta a su expresión, a pesar de los riesgos de quedar desasida, suelta; de colocarse ante el espejo, muchas veces, el espejo de Perseo, que convierte a Medusa en una estatua de piedra. Como en otros casos y este es uno de ellos, quedar a solas con sus intereses verdaderos, le permite determinar no sólo sus posibilidades, sino sus intereses.

Llega el momento de indagar en los presupuestos de la obra de Aziyadé Ruiz Vallejo.

A diferencia de otros artistas, quizá demasiados, que se aferran a lo conocido y sancionado por los criterios estéticos al uso, como método de lograr el entendimiento con el que mira, esta muchacha experimenta con la aplicación de recursos propios de la pintura hecha por niños, lo que no resulta nada nuevo; los surrealistas lo emplean con tanta suerte y algunos persisten toda la vida seducidos por las posibilidades expresivas del lenguaje infantil, Joan Miró, entre ellos, lo que no simplifica, sino complejiza su obra, plagada de círculos, palotes y líneas temblonas.

La confrontación del mundo interior del creador con la prístina respuesta que el niño da a los retos de su entorno, resulta sorprendente, más aún ahora, en que el cierre del gran metarrelato descrito por Vasari que halla su reto mayor con el Pop Art en los años sesenta, permite al creador una libertad creadora insospechada.

Este rompimiento que ya alcanza niveles tremendos, que incluso ante muchos trabajos surge la pregunta "¿ Y esto es una obra de arte? " abre ante el creador múltiples vías a la interpretación de la realidad artística; además permite la aparición de una nueva sensibilidad; multifacética, en la medida que la creación es una labor individual, una verdadera fragmentación de los lenguajes. Estas formas conducen a nuevas formas y a nuevos sistemas emocionales con respecto a los discursos estéticos.

Aziyadé Ruiz Vallejo relata en sus obras experiencias vividas, escuchadas o soñadas intensamente. En su obra se imbrican no sólo las posicionales artísticas, sino sus sentimientos y los del que mira. Sus imágenes aparecen vivas, exorcismos o amuletos, cuya función principal es la expulsión de los demonios desde su quietud; son figuraciones de sí mismas. De manera que como proyecciones, esos exámenes que se utilizan en el sicoanálisis, la imagen pintada traduce ciertos aspectos de la personalidad de la artista, lo que exige un comportamiento diferenciado tanto de la autora como del espectador ante sus trabajos, un diálogo, un intercambio, una retroalimentación entre ambos factores de la ecuación. Esa interacción se constituye en un nuevo equilibrio, que se traduce en una especie de limpieza del espíritu. Aziyadé Ruiz Vallejo vive en sus sueños, los dimensiona en el lienzo, los sobrevive, en su otra realidad: un círculo mágico donde artista y espectador recuperan el contacto perdido con la infancia.

Tomemos el caso de uno de sus personajes - signo: la sirena, mítico por lo antiguo, ser marino, serpentario. En la obra de Aziyadé, la sirena: mujer - pez o mujer - serpiente, desde sus profundidades marinas o chapoteando en una charca, de pie ante nosotros entre sus aguas o yacente, nos remite al misterio que oculta las ambigüedades en las relaciones, hombre - mujer. Demonio o delicadeza anderseniana, siempre provoca una interrogación. Así ante esta serie de mujeres enfardeladas en su larga cola, portadoras de varios brazos o cuerpos, que aparecen como dominadoras, seres sonrientes y móviles, engañosos, es tan claro el emparentamiento ancestral con tantas y tantas deidades relacionadas con el mar.

Con ellas, podemos intuir el canto de las sirenas de Odiseo o la presencia temible de la vieja Yemayá Olokkun.

En esta obra el elemento agua no sólo es signo de insularidad, muchas de estas sirenas aparecen solas, sino un lugar fundamental de la vida y de los sueños. Un emplazamiento para la conquista de un sitio para su seguridad. De modo que la artista construye mediante símbolos y metáforas una "casa definitiva". El lenguaje de la pintura hecha por niños le resulta útil, en la medida en que estos también expulsan sus demonios mediante líneas y colores. Aziyadé no desdeña la línea temblona, la mancha, el "horror vacui" , la composición por superposiciones, una cierta monotonía en sus fondos, las texturas, el desdén hacia una perspectiva ficticia sobre el plano sancionada por los académicos. La artista privilegia los primeros planos, engranando figuras y fondos como una urdimbre donde el punto central se dispersa y diluye. Aziyadé lanza pinceladas desagregadas, salpica y araña la superficie, apastela el color, produce una serie de imágenes a las que hay que acercarse una y otra vez.

Al fin, aparece el elemento contrario, la tierra sólida y real, una concreción de algo más pegado a la piel que la sitúa en su entorno verdadero. La tierra está ahí, en el plano donde se apoyan sus personajes y en la asumisión de que los retos también están ahí, acechando desde su propia corporeidad. En estos trabajos, Aziyadé no sueña, vive sobre los hombros de un hombre, estableciendo una actitud beligerante.

En general, sus imágenes brotan con espontaneidad, rápidas, de modo que el acrílico sirve bien a sus fines. Los formatos aún son pequeños, en la organización de una complicidad con el espectador, una intimidad determinada por la necesidad de permanecer muy cerca del objeto. Las pinturas se amurallan creando un efecto de desvalimiento que resulta devastador. Orgullo de ser mujer, de ser artista, de ser dueña de su expresión y una cierta timidez y desasosiego, que es parte de su encanto y su fuerza.

De manera que en esa experiencia "vivida" que es la construcción de un discurso artístico, donde entran en relación no sólo el "yo" creador, sino su relación con los demás, se define una liberación, una transposición, la elaboración donde la imaginación se vuelve arte. Aziyadé solicita comprensión, la voluntad nacida en el espectador de descubrir la raíz de su expresión mítica, preverbal, simbólica y emocional. El mundo que habita es su mundo, desde donde hace un llamado por la vida y contra la muerte. Sus trabajos se constituyen en un llamado al amor, a pesar de que a veces asoman ciertos rasgos de una violencia impulsiva. Luego, la cólera se sumerge, abandona la tierra y avanza hacia el mar con alegría y conformidad.