Aziyade Ruiz. Textos.

J. Rivas. Aziyadé Ruiz Vallejo. Interior de lo invisible. Periódico Trabajadores. Lunes 6 de septiembre de 1999.

"El sueño revela una realidad que nuestra imaginación no puede alcanzar. De aquí el carácter aterrorizante de la vida, el carácter aterrorizante del arte"
Kafka

Según Erick Khaler, una obra pictórica puede considerarse con calidad artística cuando constituye un esfuerzo por lo menos semiconsciente de una persona creadora por plasmar de manera intensiva alguna coherencia existencial. Y recordé la sentencia del prestigioso crítico, luego de observar la más reciente producción de la joven pintora camagüeyana Aziyadé Ruiz.

Sin dejar de moverse dentro de los ámbitos activos de su psiquis, esta creadora explora las estructuras de determinados acontecimientos y fenómenos sociales para llegar, a través del lenguaje plástico, a la descomposición analítica de situaciones tomadas de la realidad finisecular, las cuales traslada a un nivel imaginario, sublimado a través de la pintura como una parábola; resultado de una sensibilidad meditativa muy comprometida con su condición de mujer madre.

Las obras integradas a esta serie titulada P. M. nos acercan a personajes y asuntos de temática popular feminista; historias ¿de ficción? Relacionadas con el amor, la maternidad, el erotismo, los sueños, la liviandad sexual, la igualdad, la libertad de acción y elección ante la vida, y otras actitudes propias de la contemporaneidad, algunas de ellas rechazadas por la ética social. Como el controvertido Dubuffet, la pintora lleva las cosas a su extremo límite, inmersa en místicas anécdotas nocturnas cuyos protagonistas _mujeres de rostros solemnes, agresivos dinosaurios, sirenas, ángeles…_ están concebidos de manera tosca, a veces torpe, como si fuesen superficies geológicas.

En ese sentido, las piezas dirigen su alineación más bien hacia el arte bruto, al estar evidentemente inspiradas en los dibujos surgidos del instinto in tacto del hombre sin formación estética o en los de los niños o las personas dementes, cuyas formas de expresión conocemos como arte ingenio. Sin embargo, se diferencian de las de estos porque poseen, en primerísimo lugar, una preocupación expresiva, con poca intención de complacencia estética. En ese sentido, los cuadros recurren a la utilización de elementos grotescos y triviales para conformar un lenguaje directo, no deformado por la cultura artística o el desarrollo del intelecto.

De tal modo, aunque recreada en él, la obra de Aziyadé se distancia del arte popular. Busca la inocencia original de las cosas, para adjudicarle a su trabajo un rico contenido de significados relacionados con la existencia humana. Sus proyecciones ideoestéticas están construidas de un modo muy próximo a la gente, para rehuir el sentido aristocrático de la pintura y redefinirla como un producto que surge y busca acercarse a las grandes y desconocidas multitudes.

Extraídas de ambientes, conductas y tradiciones populares que emergen como reflejos de la vida en las cálidas noches de la Isla, estas oníricas narraciones abarcan desde el encuentro de una pareja en un clásico bar de esquina de barrio y las cotidianas tragedias de una madre que trabaja y atiende a su familia contra el apresurado paso del tiempo, hasta la pesadilla que se introduce en el sueño y obliga a salir "a pasear" con un monstruoso y agresivo dinosaurio. Historias entretejidas con recurrentes símbolos que introducen al observador en las profundidades de la psiquis femenina para descubrir disímiles niveles de existencia que conducen a resquicios insondables a simple vista sobre el erróneamente llamado sexo débil.

Es así como Aziyadé convierte su arte en forma comprensiva y reflexiva, en proceso de disyunción analítica sobre las más diversas acciones, pensamientos y aptitudes ante la vida. Por eso, al crear los rostros de sus figuras no se preocupa por la inmediatez de una fisonomía determinada, sino que va más a lo interior de lo invisible, a lo más complejo e incógnito, al aura del ser humano.