Aziyade Ruiz. Exposiciones.

Remembranzas. Galería Espacio Abierto. Revolución y Cultura. Junio, 2004.

Palabras del catálogo. Hortencia Montero. Legitimizar lo invisible. Junio, 2004.

Cultura es el acopio de conocimientos que permite
a un hombre establecer relaciones.
Alejo Carpentier

Dentro de la dinámica y compleja trama del mundo actual en el contexto de la cultura contemporánea, el lenguaje posmoderno cambia el discurso estético. La posmodernidad permite la coexistencia entre diferentes tendencias y admite todo tipo de inclusiones, de modo que la creación plástica asume como máxima: todo puede ser. El entramado económico, político y social propicia una construcción múltiple de lo universal en la cual las fronteras se diluyen y se establece una nueva circulación del arte internacional. En la actualidad, en este proceso se advierte la proliferación de diferentes formas utilizadas en las artes visuales con una dinámica mucho mayor. Cada día se añaden nuevas experiencias a la concepción de poéticas procedentes de diversas fuentes, discursos y prácticas concretas. Y es que las estructuras de desarrollo cultural y la influencia de la tecnología en lo artístico son tan determinantes porque los cambios que se producen son muy intensos y los consensos tienden a ser cada vez más simbólicos.

Algunos jóvenes creadores asumen el atrayente cosmos del discurso vivencial en torno a referencias personales. Los artistas reflejan la intimidad en el arte para procurar un vínculo más personal con la realidad y consecuentemente una considerable nómina de artistas se refiere a la relación entre arte y vida cotidiana.

Se aprecia un acercamiento a los temas del devenir y de los asuntos más íntimos del ser humano. Este género de sugerencias apasiona pues las posibilidades creativas no ponen barreras, por el contrario, estimulan y proveen de toda la libertad necesaria para la creación e interpretación del planeta desde fundamentos coherentes y sinceros en relación con el acaecer diario. La construcción de una obra en diálogo con la propia vida se caracteriza por la preponderancia de la comunicación, la sinceridad y la espontaneidad en la realización artística. Mediante esta modestia expositiva, los autores consiguen una manera placentera de comunicar sus experiencias a partir de fuertes connotaciones conceptuales.

Dentro del panorama artístico cubano, la labor de Aziyadé Ruiz Vallejo (Camagüey, 1972) está colmada de afectividad humana y traduce proyecciones metafóricas de sus preocupaciones cognoscitivas. Si ser mujer y vivir en una isla del Caribe dicta una manera peculiar de percibir la realidad en torno a los problemas existenciales del hombre, Aziyadé se inserta dentro de esta corriente como una voz capaz de conciliar los reclamos feministas y se define con un trabajo a tono con la riqueza y variedad que ofrece la plástica contemporánea. Intenta apresar y traducir a un código accesible la presencia de la mujer en su tiempo desde la exteriorización de su personalidad y de su poética. Se destaca por su proyección vital hacia este interés, con los subterfugios y desgarramientos propios de la creación artística. Del arte de plasmar la presencia humana desde esta percepción ha hecho su sello inconfundible.

Lo esencial en su obra está referido intrínsecamente a su identidad cultural. Hija única en una familia de varias mujeres, sin proponérselo, Aziyadé expresa el misterio y la felicidad del sentir femenino. En consecuencia, al mantener una deuda generacional importante con sus antepasados, se siente heredera de sus ancestros y fiel portavoz de la huella de la mujer en la tradición familiar. Su pensamiento filosófico parte del reconocimiento del fantasma de la bisabuela, quien recorre los rincones de su casa natal y marca la incidencia de las que le sucedieron.

El sustrato de su trayectoria denota un particular interés por rememorar sus vivencias, expresadas de una manera sugerente y enriquecidas con una imaginación fascinante, en la cual la memoria es una acción humana que activa lo temporal. Desde una posición simbólica, de la que extrae reflexiones sobre el universo espiritual femenino, interpreta lo que le circunda y acontece con una postura analítica del existir. Su obra nos habla del universo intelectual de una cubana que se mueve entre el terreno de la realidad y de la irrealidad. Sútil y lúcida exploradora de sensibilidades, su imaginario delata mucho de autoseñalamiento crítico a su clase y de reexamen histórico. Una de las sugerencias ideotemáticas más connotadas de su obra son el contrasentido y lo mágico, al poner en práctica metáforas de nuestra cotidianidad.

Su discurso estético asume el disfrute pictórico desde la creación de atmósferas dentro de la complejidad de la trama en la composición. Insiste conscientemente en la terminación factural del soporte, mediante el uso de lija o con la incidencia manual directamente. Esta manipulación provee a su arte de textura a la par que le proporciona una hechura táctil, que la creadora incorpora para el disfrute de la realización en sí misma. Su personalidad apela al rescate del goce, del placer, por la reiteración de este código estilístico. Desde el punto de vista técnico, esta condición enaltece la actitud experimental y el margen de improvisación de esta autora, comprometida con su obsesión por asumir la abstracción matérica como base en sus composiciones figurativas. Al fusionar elementos figurativos y abstractos logra una realización plena del realismo mágico donde se borran los límites entre la realidad y los sueños.

Su tesis de graduación en el Instituto Superior de Arte (ISA) en 1996, exhibida en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, consistió en una serie de grabados realizados en acetato. En ellos recurre al abordaje de su realidad más inmediata, la cual incide poderosamente en su acto creativo. Impresionada por la maternidad y el nacimiento de su primer hijo, su obra se concreta y resume en el protagonismo que se revela en los juguetes del bebé y le concede especial preponderancia al entorno donde se privilegia al recién nacido. Denota empatía con el asunto desde una depurada sensibilidad, lo cual le imprime un sello singular a su proceder estético.

Al representar el juguete en su concreción más real, como elemento de referencia de mayor cercanía, constituye la expresión de la importancia del papel que desempeñan estos artículos dentro del cúmulo de elementos materiales que le rodean. En su punto de mira estaba, entonces, la poética que emana del objeto en sí mismo. Enrumba su vocación con acierto y presenta al público aquellas motivaciones que le imponen las propias circunstancias de su existencia.

Sus presupuestos teóricos parten del concepto hemingwayano acerca de que el lugar que mejor conozco puedo destruirlo o perpetuarlo. En ese sentido, su labor aglutina hechos, circunstancias de arraigo afectivo, de intimidad, que tras un proceso de investigación, cobran vida en sus imágenes. Al plasmarlas, consigue un ambiente sugerente y de ensoñación, gracias al uso de materiales diversos con los que consigue este efecto. Con este propósito, utiliza pinceles gastados sobre una base de colores alcalinos para alcanzar la claridad de los tonos y procurar su insistencia en lo textural, en lo matérico.

Para la realización de Conversación privada del retrato y el peluche, 1996 se inspiró en la canción Un nuevo chico en la ciudad, interpretada por el grupo musical Los Aguilas. Su cometido establece un paradigma de la esperanza en el mejoramiento humano. La autora inaugura su condición de mamá a los veintitrés años, momento en que el juguete de peluche adquiere un valor simbólico importante para ella. Es por eso que al representarlo, aparece tamizado por su ingenuidad subrayada por su sensibilidad maternal. La hechura de esta trabajo también está marcada por el disfrute que le transmiten las aguadas y las texturas conseguidas en su empeño por enaltecer la superficie del soporte.

Cuando una rata y dos juguetes de madera combaten con espadas como aparece en Héroes de Coco Solo, la referencia temática se halla en la supervivencia de los individuos residentes en un barrio marginal, tratando de salir airosos en la vida. Esta inquietud experimentada de manera personal y espontánea por Aziyadé, quien recrea este cosmos y plasma una trifulca como un hecho que le impresiona sobre el resto de lo que acontece en su derredor, apresado con un franco acercamiento lúdico al tema social. Dentro de esta línea, se inserta Atardecer, de 1998. El tono intimista y autorreferencial del asunto tratado se destacan por la silueta del perro, la cual adquiere categoría protagónica y consigue que la expresividad nos sorprenda al superponer el hecho gestual sobre el interés lineal.

A partir de la creación de Amor criollo, 1998 se aprecia una marcada intención por hacer hincapié en la presencia del agua en sus realizaciones. En esta pieza aparece una sencilla pareja cubana que recrea situaciones vivenciales de la artista, desde una arista de contenido autobiográfico. Este ejercicio creativo se nutre de las leyendas familiares y atrapa temas cotidianos abordados con sinceridad y tono elegante. Su imaginación se sustenta en lo que le rodea más íntimamente. Juega con la delicadeza del color y la puerilidad de los temas, al tiempo que consigue una suave figuración, plena de equilibrio y sano humorismo criollo.

La historia que se relata en Pesadilla, 1998 resume su intención de evadirse de las responsabilidades femeninas, tales como la crianza del bebé, a partir de la excesiva demanda de la madre, ya que históricamente la crianza, la evolución del niño y su vida cotidiana es esencialmente responsabilidad de la mujer. Ante esta circunstancia, ella siente cómo las tareas domésticas limitan sus posibilidades sociales. Por ello, Aziyadé apela a la urgencia de nadar sin destino para relajarse de la carga emocional a la que está sometida y la extenúa. Esta pieza constituye una metáfora de su necesidad de expansión y actúa como un enunciado de libertad ante una situación humana que no tiene escapatoria: la comprensible responsabilidad ineludible que implica la maternidad.

Lo sencillo es invisible a los ojos, declara el protagonista en El pequeño príncipe. Aziyadé parte de esta cita para cautivar con obras ligeras, sencillas, llenas del encanto que expresan su mundo interior. Le impone fantasía a sus vivencias cotidianas y le otorga otra dimensión a las historias contadas. La pauta en la concreción de su poética se resume en enaltecer la sencillez.
El conjunto de su trabajo se complace en recrear anécdotas triviales, como cuando realiza La mujer sin cuerpo, 2000, tras su visita a un circo donde un mago presenta a la muchacha sin cabeza. En este caso la autora subvierte los valores y aprovecha el contenido real para presentar otra lectura del asunto, al situarla levitando, lo que entronca con una versión fantástica de la idea original. El rostro tierno y translúcido de esta figura aparece con la mirada limpia, lo cual se traduce como un homenaje a la inocencia, a la ternura, a la belleza. Nos habla de la ingenuidad del individuo cuando la presencia del alma del ser humano se fortalece. Aziyadé se distingue por su manera de hacer el dibujo con una enfática facturación y un gran poder de síntesis. Empeñada en fijar las imágenes con un sentido espacial sobre la superficie, consigue una capacidad de comunicación con la mayor economía de medios y efectos.

Esta característica también se hace significativa en Él, 2000, cuando aborda a Batman inspirado en los juguetes de sus hijos, donde la figura resume la actitud de patriarca, como el símbolo de dominación del poder que al propio tiempo, actúa como fetiche. Representa un ser omnipotente, auxiliado con sus alas de oro, superpuesto sobre una superficie plagada de texturas, transparencias y tenues veladuras.

Impelida por su necesidad de indagación en la identidad cultural, amplía su mundo creativo cuando en Coronación asume la inspiración dada por la Caridad del Cobre. Con apego al lenguaje abstracto, la autora aprehende la fe como un acto de representación justo para conseguir la protección de la deidad. La obra consiste en un autorretrato acompañado con la presencia de la diosa mítica, lo que denota la asunción particular de su arraigo universal en las raíces religiosas. A través de esta especie de virgen-mujer se descubre el poder del mito y de la magia.

No obstante, al referirse a San Lázaro, aborda el vuelo mágico del paisaje sin prejuicio de presentar el arte cubano con una mirada diferente, ya que la presencia del santo se sustituye por la incorporación únicamente de los colores alegóricos a esa deidad ubicados contradictoriamente en una mujer, lo que corrobora su marcada determinación por transmitir sentimientos afines a su condición genérica. Con esta tendencia, la autora explora nuevos horizontes con códigos y símbolos plenos de sugerencias y develadores de una expresión propia.

En su exposición personal El Río bajo el Río, exhibida en la Galería del Consejo Nacional de las Artes Plásticas (junio/julio 2001) presenta la serie Mujeres sin cuerpo, en la cual la figura femenina también es recurrente y aunque se refiere a hechos de su ámbito personal, su visión trasciende lo individual y utiliza el físico de diferentes mujeres únicamente para transmitir un mensaje de reconocimiento y de humanismo hacia el género en sí mismo.

Sin embargo, en la serie Principio y fin, mostrada en diciembre del 2002 en la Galería Concha Ferrant se aprecia cómo la artista se permea del tema de la convivencia humana. Aparece la mujer-pez y el agua con otras implicaciones e indaga en lo cotidiano de los sentimientos humanos, lo que conforma una línea que se explica desde sus propios comentarios aparecidos en aquel catálogo:

Yo tiendo a reflejar los sentimientos como si fueran personajes. Si predomina la figura femenina en mis cuadros, es porque en muchas ocasiones se trata de un ejercicio auto-referencial. El icono de la sirena o mujer-pez, es muy sensible para mí; traslúcido y universal en lo que se refiere a las formas corporales con que se representa a la mujer. Aunque en esta nueva serie sigo haciendo uso de esa imagen fantástica como recurso alegórico, no me estoy refiriendo únicamente a la existencia femenina, a los sentimientos exclusivos de la mujer. Para variar, trabajo ahora con dos prototipos contrapuestos: la tierra y el agua. En la tierra coloco algunos sentimientos más concretos; y en el agua aquellos que son más íntimos; no olvidemos que cotidianamente nos expresamos con líquidos, es decir, lloramos, sudamos, sentimos dolor, alegría, placer... y que hasta en el propio orgasmo los fluidos también están presentes. Si el abordaje simbólico del tema se presenta magnificado para el espectador, es porque trato de reflejar justamente la acumulación de inexperiencias con que uno se ha enfrentado a esos sentimientos en el transcurso de la edad, lo complicado que resulta salir a flote psicológicamente, y tomar de entre esas disyuntivas alguna enseñanza trascendente.

Tal como explica la autora no se refiere solo a la figura femenina, sino que también está presente el hombre con la intención de relacionar diversos aspectos del individuo. Tras haber mantenido una continuidad temática intencional, esta apertura de sus concepciones trae aparejado una amplitud en sus intereses creativos que serán apreciados en el transcurso de su obra más actual.

Cuando Aziyadé decide que su proyecto personal no desdeñe la incursión en diferentes modalidades dentro de la práctica artística, demuestra su espíritu inquieto y abarcador. En la instalación Nosotros, realizada en el 2003 y exhibida en la exposición colateral Contactos, con sede en la casa Guayasamín durante la VIII Bienal de La Habana -cuya convocatoria nos remite a la confrontación que se establece entre el arte y la vida- la autora aborda nuevos intereses conceptuales y una variante de sus cuestionamientos estéticos. Consigue una aproximación a la vida cotidiana y se apropia de pruebas documentales de sus antecesores y propios, en un diálogo de nuevas connotaciones. Esta pieza inaugura una nueva etapa en el desarrollo evolutivo de su trabajo a partir de determinados objetos de corte doméstico y con implicaciones de su historia personal, a la par que patentiza su especial fascinación por la experimentación.

Aziyadé renace enriquecida con el abordaje de una temática acerca del entorno, el amor y los recuerdos. Combina sus preocupaciones centrales dentro de su universo creativo para referirse con una visión nostálgica a un hecho de profunda relación afectiva. Aborda una tendencia introspectiva donde la intimidad y la autorreflexión alcanzan preponderancia desde un acto extraído de la privacidad. La autora encuentra nexos con realidades que le precedieron; nos revela cómo el reconocimiento de su legado constituye el testimonio existencial de una época y llega a la singularidad de una poética. Ha visto resurgir su pasado y ha descubierto su vocación y su capacidad de observación femenina. Nos anima a probar la conjunción de significantes encerrada en una imagen mediante una gigantografía que se complementa con una suerte de álbum o libro con fotocopias de cartas, fotos, pañuelos bordados y otros elementos de gran valor testimonial, que actúan como fetiches de identificacíón con la parentela. Esta manera de concebir la pieza, amén de su incursión en un arte de participación, la provee de una manera especial de sentir el espacio y el tiempo, al expresarla con el ritmo que nos es propio.

Esa pasión por el pasado y la urgencia de buscar sus raíces la convoca a concentrarse en el terreno de la memoria vinculada a su propia historia, a los afectos íntimos, al ámbito doméstico y a su biografía como elementos claves del comportamiento de la mujer en la sociedad contemporánea. La aprehensión de tales hechos está tratado desde el misterio trascendente del ser y del existir con temas obsesivos en ese espacio mental en el que están presentes las ausencias, donde la artista también forma parte del complejo entramado de ideas donde alcanza gran dimensión lo simbólico.

El juego retrospectivo con el tiempo le otorga una nueva jerarquía al hecho en sí mismo. Al fomentar su imaginación vulnera los límites de lo posible e induce al espectador dentro de una atmósfera sugerente. Una preocupación cardinal en la visión estética de esta propuesta nos devuelve aquella situación y apresa el espíritu de la época con las pretensiones de conciliación con el presente desde el acercamiento a asuntos universales.

Su estilo actual se define por estos presupuestos teóricos, donde lo esencial estriba en construir una historia acerca de las relaciones de pareja y del hogar en un sentido más amplio. Esta facultad define la identidad de una inmediata regresión a la infancia, cuyos temas de reflexión intentan hurgar en su cotidianidad y presentarla con absoluta sencillez desde matices de añoranza. El asumir esta actitud la convierte en cómplice de algo que se forjó años atrás, cuando sus abuelos se hacían novios ante la contemplación de un ojo de agua en un río cercano a la vivienda. La artista patentiza su ideal de noviazgo como un paradigma de las relaciones de pareja apoyada en la belleza de la imagen y en la calidez del tema del amor.

Asociada a los vínculos genealógicos, entronizado en la representación icónica de sus abuelos, una variante de esta creadora resulta la asunción de las formas escultóricas de pequeño formato realizadas en metal para significar la acción de la cópula. La intensa relación que se establece entre este conjunto y el resto de las obras expuestas caracterizan la estética actual de Aziyadé dentro de una óptica tridimensional e instalacionista. Su trayectoria artística se enrumba hacia un ámbito conciliatorio entre tendencias que se equipara con los códigos más actualizados en el arte.

Estos seres en diferentes poses pueden ser considerados estereotipos sexuales que se repiten cual signos eróticos que develan la satisfacción y el placer. Las figuras desentrañan algunas posiciones características de la cosmogonía erótica y vivencial. Las atribuciones que le aporta a estos objetos constituyen un acto de manipulación, que crea un nuevo sistema de valores y lecturas por los modos combinatorios que la artista emplea y la imbricación del color de base en cada engarce dual.

El carácter metafórico de recubrir con plata y oro –para significar las Bodas de Plata y las Bodas de Oro al cumplirse veinticinco y cincuenta años de casados respectivamente- tiende a sustantivar esenciales problemáticas de carácter ontológico, dentro del protagonismo de la pareja. Tal parece que cada experiencia humana desencadena asociaciones de toda índole en su amplio universo de conexiones.

La sucesión de camas enlazadas con parejas en apego absoluto denota que cada experiencia deja marcas en la privacidad y devienen enigmas de la sensualidad dentro del espacio privado del individuo. Aziyadé ha trabajado una tendencia introspectiva que se concentra en el espacio de génesis del objeto estético como proceso de creación dentro de un ambiente de intimidad y autorreflexión. Ha consolidado un lenguaje simbólico, intelectualizado, con predominio en la idea sobre la imagen que presupone una asunción de los componentes analíticos por sobre las consideraciones estéticas.

El juego entre lo íntimo y lo notorio, entre la esfera de lo privado y lo público, entre lo individual y lo colectivo mediante la permanencia objetual constituye una provocación con cierto sabor lúdico y marcan un proceso importante en su obra por la participación del ente masculino desde una combinatoria cargada de sutilezas.

Dentro del contexto histórico de su formación y desarrollo plástico, a partir de la adopción de esta poética marcada por la sensibilidad sobre todo del encuentro con la historia familiar, la artista asume una postura que nos ayuda a percibir mejor la realidad. El mensaje es tan cosmopolita porque trata una cuestión de conexiones interpersonales. Su éxito estriba en provocar conmociones vivenciales dentro de la lógica misma de la visualidad.

Utiliza una infinita asociación de ideas que nacen de referentes en las que la mujer es el epicentro de la supervivencia. En su itinerario creativo, su quehacer dialoga con lo teatral desde una intención filantrópica. Su impulso estético se impone desde el subconsciente y constituye una expresión de sus sentimientos y preocupaciones vitales ya que en su espíritu está procurar bienestar y calidad de vida a los que la rodean. Desde una individualidad artística interesante ahonda en la actitud ética y utiliza la naturaleza del individuo como leiv motiv de sus motivaciones.

Con su temperamento indagador y reflexivo consigue acercamientos inéditos a los más variados temas, en los cuales la reivindicación femenina ocupa el vórtice de sus inquietudes. Su máxima es enaltecer la felicidad desde una mirada que está vinculada estrechamente a la satisfacción de la unión hogareña como núcleo gestor desde donde emerge la fuerza para posteriores generaciones. El hábitat, la convivencia, las relaciones, los hijos, el esposo y las amistades reflejan la alegría de vivir y, sobre todo, de vivir en franca comunión.

Es interesante esta evolución de su labor, donde sus coordenadas líricas se acercan más a la solidaridad y a la fusión de los valores espirituales. Su sensible percepción jerarquiza el mundo interior de la mujer dentro de la realidad circundante mediante signos y significados. En la identificación de sus conexos se percibe su concepto de transcendencia de lo habitual, al develar los aspectos intrincados de los lazos individuales.

Para Aziyadé, el acto de crear se equipara al acto de vivir. Esa perspectiva como individuo hace que la exploración de sus intereses y preocupaciones alcancen un amplio registro. Su orgánico desarrollo estético demuestra un ejercicio plástico cuyos elementos definitorios se centran en las problemáticas del pensamiento contemporáneo del individuo, en el cual el matrimonio es considerado como una institución desde la cual se proyectan los hijos.

Construye su poética cifrada en una metáfora sobre el entrañable andamiaje que es la vida con una obra auténtica en torno a las complejidades del alma femenina. Su ejercicio es asumido desde el compromiso crítico y como experiencia vital con un desbordamiento romántico. Constituye una reflexión antropológica y logra la comunicación mediante el uso de sutilezas en las piezas, concebidas dentro de una labor propositiva de notable invención.

El poder de concentración de ideas acerca de esta temática la mantiene a la expectativa de nuevas alternativas, que satisfagan su impulso interior con una nueva necesidad en términos expresivos de aprehender su relación con el medio, con su acervo y con su cultura, en ese acopio de conocimientos que permite al hombre hacer asociaciones. Su transcendencia radica en la preponderancia que le imprime a cómo ver el mundo desde el prisma de la sencillez y en su seguridad de la importancia de legitimizar lo invisible.

Hortensia Montero Méndez

 
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